Denominar es, ya de entrada, señalar como no-yo, como diferente, como otro. Los griegos antiguos llamaban “bárbaros” a quienes no hablaban griego y usaban una jerga incomprensible plagada de sonidos extranjeros y por lo tanto extraños. La onomatopeya que sigue percibiéndose en la palabra actual da fe de esa exterioridad definitiva. Ni que decir tiene que dichos “bárbaros” hablaban varios idiomas perfectamente construidos y no compartían un único y confuso “galimatías” o “jerigonza” según vocablos que manifiestan la supuesta imposibilidad de entender al Otro. La identidad común que les era asignada no tenía ningún sentido para cada uno de dichos pueblos. La definición sólo valía desde el punto de vista griego. Aflora aquí la inestabilidad de toda designación del Otro como tal ya que no se fundamenta sobre rasgos objetivos, sino sobre una percepción subjetiva y, por consiguiente, sometida a evoluciones constantes en función de las épocas, de la sociedad y de las interrelaciones. La palabra “gabacho” brinda un vivo ejemplo de ello.