Denominar es, ya de entrada, señalar como no-yo, como diferente, como otro. Los griegos antiguos llamaban “bárbaros” a quienes no hablaban griego y usaban una jerga incomprensible plagada de sonidos extranjeros y por lo tanto extraños. La onomatopeya que sigue percibiéndose en la palabra actual da fe de esa exterioridad definitiva. Ni que decir tiene que dichos “bárbaros” hablaban varios idiomas perfectamente construidos y no compartían un único y confuso “galimatías” o “jerigonza” según vocablos que manifiestan la supuesta imposibilidad de entender al Otro. La identidad común que les era asignada no tenía ningún sentido para cada uno de dichos pueblos. La definición sólo valía desde el punto de vista griego. Aflora aquí la inestabilidad de toda designación del Otro como tal ya que no se fundamenta sobre rasgos objetivos, sino sobre una percepción subjetiva y, por consiguiente, sometida a evoluciones constantes en función de las épocas, de la sociedad y de las interrelaciones. La palabra “gabacho” brinda un vivo ejemplo de ello.

Se registra el término “gabacho” en España ya en la primera mitad del siglo XVI, con la significación todavía vigente de denominación despectiva del sujeto francés. Recordemos que en aquel momento muchos habitantes de las provincias del suroeste de Francia acostumbraban pasar el Pirineo para participar en las tareas agrícolas estacionales en España, especialmente en Castilla,  desplazándose después hacia el norte al compás de la sucesión escalonada de mieses y vendimias. Estos súbditos de un rey de Francia que les parecería todavía lejano hablaban dialectos occitanos y no debían de sentirse “franceses” en el sentido moderno del vocablo ni tampoco ser considerados como tales. Eran simplemente gentes del más allá que hablaban de otra manera. Queda constancia de la expresión “hablar en gabacho” que aludía a las claras a un dominio dudoso del castellano. Podría compararse con la simétrica “parler français comme un Basque espagnol” (hablar francés como un Vasco español) e incluso “parler français comme une vache espagnole” (hablar francés como una vaca española) que sigue usándose hoy en día. La barrera es primero lingüística. Luego se agregan connotaciones económicas y sociales por mor de la brecha entre los estatus de los habitantes sedentarios y de los braceros forasteros. La fuerte carga despectiva no es dudosa.

Lo confirma la etimología. Remontémonos en el tiempo, situándonos en Francia: “Cuando, desde el siglo XII hasta el XV, los señores y reyes llamaron a gente de las regiones de Saintes y Poitiers para poblar de nuevo las comarcas asoladas por las guerras al este de Burdeos, los recién llegados fueron considerados en tierra gascona como extranjeros poniéndoseles el mote de ‘gavaches’” 1. El concepto de extranjero llegado del norte que no domina la lengua local queda fijado en Aquitania. Transpuesto al castellano, se aplicará precisamente a quienes lo habían conformado. La historia del cazador cazado.

La connotación despectiva viene de lejos. Al menos de las hablas prerrománicas en las que el étimo “gaba” designa el bocio, patología que afectaba especialmente a los habitantes de las montañas. El “gavache” es el “cretino (en el sentido físico 2) del Macizo Central francés” que había bajado a las tierras de viñedos y pan llevar, como posteriormente el “gabacho” vendrá a ser de alguna manera el “cretino del Pirineo”.

Todo esto se ha disipado en gran parte hoy. Primero porque el francés que conocen los españoles desde hace décadas ya no acude a sudar la gota gorda por unas pesetas, sino a gastarse los euros como turista. La relación se ha invertido, plasmada en la palabra “franchute” que sustituye el desprecio por el resentimiento. Sólo en ocasiones queda rastro de los tiempos remotos en que los franceses parecían individuos burdos. Por ejemplo cuando un periodista se sorprende y subraya lo que ha pasado a ser una paradoja: “A veces mis queridos y admirados franceses se portan como gabachos”.

Gastada, despojada en gran parte de su contenido, la palabra ha ido a otra parte a buscar mejor fortuna. A México precisamente, donde la cuestión de la frontera es asunto candente como es sabido. Por falta de palabras, “gabacho” hizo su entrada. Pero ahí, mediante un vuelco de la significación, denomina al estadounidense. Y es que en este caso el Otro no es el inmigrante, sino su contrario. El mexicano observa estos extraños extranjeros aborrecidos y envidiados y a veces constata: “Y es que las gabachas son muy llamativas y luego luego se incomodan con tanta mirada braguetera”.

Aquí también tenemos un caso de desgaste de la significación. La palabra “gringo”, a menudo adoptada por los propios estadounidenses, ha perdido gran parte de una hostilidad radical que se originaba en la confrontación armada. Se habla a veces de “Gringolandia”, pero la palabra provoca la sonrisa. No, el país anhelado y de donde se teme ser expulsado es “el gabacho”, término que se aplica tanto al territorio como al natural que lo habita. Nuestro mexicano puede soñar con los tráileres que pasan raudos la frontera: “Hubiera querido estar dentro de uno de ellos, en el gabacho, libre…”.

Así es como el “gabacho” es el otro lado, el lugar donde uno no está, o deja de estar, en casa. Un blog de una abogada mexicana radicada en Estados Unidos se denomina Lost en el Gabacho. Al burlarse tanto de los mexicanos como de los estadounidenses se ha vuelto viral en la red en poco tiempo. Se es extranjero en un país extranjero. Surge la reversibilidad de las identificaciones como resultado de unos perturbadores espejismos. Hasta el punto que vivir el “Gabacho” como sueño y como pesadilla diaria se convierte en señal segura de una identidad mexicana extraviada en un nuevo laberinto.

Y cuando hay motivo para denunciar con fuerza a los agresores, es preciso buscar nuevas palabras. “Güero”, o sea rubio, que no tiene que ver con el idioma sino con un rasgo físico generalizado de forma esencialista, podría desempeñar este papel. El periodista que se indigna por las medidas discriminatorias y humillantes que el Presidente Trump quiere imponer a los transportistas mexicanos que entran a Estados Unidos escribe: “…los congresistas (mexicanos, sorry) impulsan al Presidente (de México) para que aplique a los güeros una versión rodante3 de ley del talión, impidiéndoles traer mercancía y pasajeros…”.

“El bárbaro es el que cree en la barbarie” escribía Lévy-Strauss calificando por antelación la visión de la Casa Blanca de hoy. El eco de sus palabras suena en México.

 

Lauro Capdevila
Artículo publicado en Les Langues Néo-Latines, nº 381, junio de 2017, París. Traducido por el autor.
www.neolatines.com


1. Quand, du XIIe au XVe siècle, les seigneurs et les rois appelèrent des gens des pays saintongeais et poitevin pour repeupler les régions orientales du Bordelais ruinées par les guerres, les nouveaux venus furent considérés en terre gasconne comme des étrangers et affublés du nom de ‘gavaches’.

2. La palabra cretino procede del francés « crétin » que originalmente designaba los habitantes de los altos valles suizos, lugares donde abundaba el bocio.



Referencias.
Joan Corominas, Breve diccionario de la lengua castellana, 1530.
Louis Papy, Aunis et Saintonge, 1961.
Centre national de ressources textuelles et lexicales, Trésor de la langue française informatisé, 2002.
Carlos Colón, Diario de Sevilla, 09/11/2015.
Antonio Eduardo Parra, Nadie los vio salir, 2001 y Sombras detrás de la ventana, 2009.
Julio Hernández López, La Jornada, 03/08/2001.
Claude Lévy-Strauss, Race et histoire, 1961.